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''No me rechace en tiempo de vejez, no me desampare…''/ Por: Gutfan (14 - 3 - 2017)

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                         ''No me rechace en tiempo

                        de vejez, no me desampare…''

Por: Gutfan

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“No me rechace en el tiempo de vejez, no me desampares cuando me falten las fuerzas”. Salmo 71:9. La frase llega en el mejor momento para relatar una historia que toca la fibra de aquellos hijos que abandonan, maltratan y menosprecian a sus padres, olvidando que el ciclo de la vida se repite y cuando menos lo espera, sus hijos le pagaran con la misma moneda, con la cual, le pagaste a sus padres.

Será entonces el momento de recordar que -el dolor más fuerte para un padre, es la mala actitud de los hijos hacia él,- y ojalá que no sea demasiado tarde.

La madre falleció hace algún tiempo y quedó el padre, quien consintió a los cuatro hijos otorgándole parte de su mesada para que disfrutaran de sus caprichos, no los obligó a esforzarse en búsqueda de ser personas productivas, aun cuando uno que otro terminó el bachillerato. Un buen día, la vida del padre giró en 180 grados y comenzaron las enfermedades naturales de la vejez.

Ya sus arrugas, líneas, surcos y pliegues en el rostro delatan que necesita la atención de sus hijos, al voltear la mirada, percibe que no recibe el cuidado que se merece, pese a que hace muchos años atrás, los protegió y les brindó apoyo hasta llegar a la adultez. . Sin embargo, el hombre de piel trigueña guarda silencio, y con lágrimas en sus ojos pregunta una y otra vez, dónde fallé.

Su mirada se pierde en el horizonte buscando una respuesta que no consigue, y vuelve a recordar que en sus años mozos les ofreció suficiente cobijo a los cuatro hijos, les dio los mejores regalos, vestido y calzado. El alimento nunca faltó en casa, mucho menos los estrenos de navidad.

Ese hombre esperaba que sus crías se hicieran profesionales, porque todo padre anhela lo mejor para sus hijos. Cada uno enrumbó su camino sin escuchar los consejos del padre, y cuando tropezaron con una piedra, ese padre los recibió en su hogar, una casa que compró durante la soltería y su madre y una hermana vivió en ella por muchos años hasta cuando a su progenitora le llegó la muerte.

El tiempo no es su mejor aliado, su organismo comenzó a pasarle factura, su vejiga no retiene, y el esfínter muchas veces le juega una mala pasada, situación que desagrada a los hijos que viven en el mismo techo con él. El olor a orines ya es peculiar en su habitación, cuando puede, se levanta de la cama para ir al baño, pero muchas veces no logra el cometido, y no le queda más remedio que hacerse pis en el colchón.

Su alimentación representa otra carga para su descendencia, se pelotean la responsabilidad de las tres comidas, a veces, solo recibe una, el resto del tiempo es olvidado como si fuera una mueble que perdió su utilidad.

Pese a la fuerte sombra que abrasa al humilde hombre, todavía mantiene una sonrisa perfecta, una mirada humilde y verbo poético que fue cosechado con buenas lecturas en sus mejores tiempos. En medio de su lucidez intenta olvidar el desamparo que recibe de los hijos, relatando versículos de Dulcinea del Toboso y un caballero noble que decide salir en búsqueda de sus aventuras, y así dispara una serie de versos que se los sabe al caletre y sin fallarle la memoria.

Los días pasan lentamente y las noches se hacen largas, el anciano no encuentra respuesta del desapego de los hijos para con él, no obstante, la hija mayor, es la única que lidia con su padre, y se ve obligada a dejarlo al cuido de uno de los tres hermanos porque debe atender el oficio que le permite llevar comida a su hogar.

Ese hermano, quien también tiene responsabilidad de brindar buena atención a su padre, así como los otros dos, ha demostrado un fuerte distanciamiento para con su progenitor, olvidando que aún en la vejez su padre rinde frutos, ya que sigue siendo el dueño de la casa donde viven y goza de una pensión que fue conquistada tras muchas años de trabajo.

Los sábados y domingos, son los días más difíciles para el anciano, la soledad lo envuelve, y para no dejarse atrapar por la melancolía, se traslada hasta un corredor que da hacia la calle para sentarse y ver pasar a la gente esperando que alguien se apiade en darle un bocado.

Esa responsabilidad que le fue conferida a uno de los hijos queda en el olvido, y al caer la noche, el pobre anciano se va hacia su habitación con el estómago vacío, esperando que llegue la hija al día siguiente para que le pueda dispensar una arepa y una café negrito, sin saber que su padre se fue la noche anterior a la cama con el estómago pegado al espinazo.

Familiares cercanos se enteran del infortunio, un hermano del anciano se acerca a la vivienda a llevarle un plato resuelto de comida, pero a cambio, recibe improperios y maltratos por parte de los sobrinos, puesto que el tío los confronta preguntando por qué tienen a su padre en estado de abandono.

Los hombres convertidos en feroces y arrogantes seres humanos, le niegan el acceso a la casa del anciano, no sin antes intentar levantarle la mano, y le advierten que no regrese. Acaso que esos hombres no saben que la agresión hacia una persona de la tercera edad es tan grave como pegarle a una mujer, maltratarla de palabra o psicológicamente. La cárcel está llena de hombres que por ignorancia caen en el delito de homicidio, corrupción, agresión físicas, droga, entre otras violaciones a los derechos humanos.

El tío se va avergonzado con el humillante y despreciable trato que recibe su hermano mayor por parte de los hijos varones, quienes se olvidan que “los días de nuestras vidas llegan a los 60, 70 años, y en caso de mayor vigor a los 80, y pensar que de un día a otro, nos vamos de este plano”, ojalá no sea demasiado tarde para que los hijos entiendan que a un padre no se le desampara y menos cuando llega a viejo, solo y enfermo.

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